JUGAR

16/10/2015

Pertenecemos a la generación en la que a los 8 años el día de la Primera Comunión nos regalaban un reloj y una frase: "ahora ya eres mayor y no tienes que jugar como los pequeños". Esto significaba que acababas de entrar en el club de las personas que cuentan el tiempo y se preocupan por él. Dejabas atrás, de sopetón, los fantásticos momentos en donde el juego te llevaba a abismos insondables alejados de toda relación espacio-tiempo y donde la fascinación te alejaba de la realidad.

Sin embargo, el reloj te otorgaba un estatus superior que te hacía estar orgulloso de lo que habías conseguido y hasta donde habías llegado. Con los años descubrí que todo eso era más que una patraña, porque donde realmente me encontraba a gusto y me sentía plenamente feliz era jugando y decidí volver a sentir esa fascinación indescriptible haciendo fotos.

Cuando voy a hacer una foto intento jugar a jugar. Luego, me veo superado y el juego se convierte en un instinto que me lleva a lo esencial, es decir, a un espacio que tiene que ver con la verdad que se encierr en lo primigenio y, por tanto, en la pasión. Cosas que, al fin y al cabo, forman una parte fundamental del acto de sentir y vivir.

Eso sí, ahora el juego no es tan inocente porque cada día resulta más complicado llegar hasta esos lugares en donde el tiempo se para de tal modo que parece que no existe y los momentos son plenamente para ti.